DICE ÉL:
Es para mí un gran honor, a la par que una inmensa alegría, recibir tan alta distinción en esta histórica ciudad de Oviedo.
En la Apología, el famoso diálogo de Platón, cuando Sócrates expone su propia defensa después de haber sido condenado a muerte, explica cuál es la misión del filósofo. La función del filósofo consistiría en agitar a los atenienses y despertarlos, en criticarlos, irritarlos y recriminarlos, igual que un tábano pica y excita a un noble caballo cuya propia corpulencia lo vuelve pasivo, y así lo espolea y estimula. Sócrates compara a ese caballo con Atenas.
Yo soy filósofo. Como tal, he interiorizado esta definición socrática de la filosofía. También mis textos de crítica social han causado irritación, sembrando nerviosismo e inseguridad, pero al mismo tiempo han desadormecido a muchas personas. Ya con mi ensayo La sociedad del cansancio traté de cumplir esta función del filósofo, amonestando a la sociedad y agitando su conciencia para que despierte. La tesis que yo exponía es, efectivamente, irritante: la ilimitada libertad individual que nos propone el neoliberalismo no es más que una ilusión. Aunque hoy creamos ser más libres que nunca, la realidad es que vivimos en un régimen despótico neoliberal que explota la libertad. Ya no vivimos en una sociedad disciplinaria, donde todo se regula mediante prohibiciones y mandatos, sino en una sociedad del rendimiento, que supuestamente es libre y donde lo que cuenta, presuntamente, son las capacidades. Sin embargo, la sensación de libertad que generan esas capacidades ilimitadas es solo provisional y pronto se convierte en una opresión, que, de hecho, es más coercitiva que el imperativo del deber. Uno se imagina que es libre, pero, en realidad, lo que hace es explotarse a sí mismo voluntariamente y con entusiasmo, hasta colapsar. Ese colapso se llama burnout. Somos como aquel esclavo que le arrebata el látigo a su amo y se azota a sí mismo, creyendo que así se libera. Eso es un espejismo de libertad. La autoexplotación es mucho más eficaz que ser explotado por otros, porque suscita esa engañosa sensación de libertad.
También he señalado en varias ocasiones los riesgos de la digitalización. No es que esté en contra de los smartphones ni de la digitalización. Tampoco soy un pesimista cultural. El teléfono inteligente puede ser una herramienta utilísima. No habría problema si lo usáramos como instrumento. Lo que ocurre es que, en realidad, nos hemos convertido en instrumentos de los smartphones. Es el teléfono inteligente el que nos utiliza a nosotros, y no al revés. No es que el smartphone sea nuestro producto, sino que nosotros somos productos suyos. Muchas veces sucede que el ser humano acaba convertido en esclavo de su propia creación. Las redes sociales también podrían haber sido un medio para el amor y la amistad, pero lo que predomina en ellas es el odio, los bulos y la agresividad. No nos socializan, sino que nos aíslan, nos vuelven agresivos y nos roban la empatía. Tampoco estoy en contra de la Inteligencia Artificial. Puede ser muy útil si se emplea para fines buenos y humanos. Pero también con la Inteligencia Artificial existe el enorme riesgo de que el ser humano acabe convertido en esclavo de su propia creación. La Inteligencia Artificial puede ser empleada para manejar, controlar y manipular a las personas. Por eso, la tarea acuciante de la política sería controlar y regular el desarrollo tecnológico de manera soberana, en lugar de simplemente seguirle el paso. La tecnología sin control político, la técnica sin ética, puede adoptar una forma monstruosa y esclavizar a las personas.
Últimamente he reflexionado mucho sobre la creciente pérdida de respeto en nuestra sociedad. Hoy en día, en cuanto alguien tiene una opinión diferente a la nuestra, lo declaramos enemigo. Ya no es posible un discurso sobre el que se base la democracia. Alexis de Tocqueville, autor de un famoso libro sobre la democracia estadounidense, ya sabía que la democracia necesita más que meros procedimientos formales, como son las elecciones y las instituciones. La democracia se fundamenta en lo que en francés se llama moeurs, es decir, la moral y las virtudes de los ciudadanos, como son el civismo, la responsabilidad, la confianza, la amistad y el respeto. No hay lazo social más fuerte que el respeto. Sin moeurs, la democracia se vacía de contenido y se reduce a mero aparato. Incluso las elecciones degeneran en un ritual vacío cuando faltan estas virtudes. La política se reduce entonces a luchas por el poder. Los parlamentos se convierten en escenarios para la autopromoción de los políticos. Y el neoliberalismo ha creado ya una gran cantidad de perdedores. La brecha social entre ricos y pobres se sigue agrandando cada vez más. El miedo a hundirse socialmente afecta ya a la clase media. Precisamente estos temores son los que lanzan a la gente hacia los brazos de autócratas y populistas.
Creemos que la sociedad en la que vivimos hoy es más libre que nunca. En cualquier ámbito de la vida, las opciones son infinitas. También en el amor, gracias a las aplicaciones de citas. Todo está disponible al instante. El mundo se asemeja a un gigantesco almacén donde todo se vuelve consumible. El infinite scroll promete información ilimitada. Las redes sociales facilitan una comunicación sin límites. Gracias a la digitalización, estamos interconectados, pero nos hemos quedado sin relaciones ni vínculos genuinos. Lo social se está erosionando. Perdemos toda empatía, toda atención hacia el prójimo. Los arrebatos de autenticidad y creatividad nos hacen creer que gozamos de una libertad individual cada vez mayor. Sin embargo, al mismo tiempo, sentimos difusamente que, en realidad, no somos libres, sino que, más bien, nos arrastramos de una adicción a otra, de una dependencia a otra. Nos invade una sensación de vacío. El legado del liberalismo ha sido el vacío. Ya no tenemos valores ni ideales con que llenarlo.
Algo no va bien en nuestra sociedad.
Mis escritos son una denuncia, en ocasiones muy enérgica, contra la sociedad actual. No son pocas las personas a las que mi crítica cultural ha irritado, como aquel tábano socrático que picaba y estimulaba al caballo pasivo. Pero es que, si no hay irritaciones, lo único que sucede es que siempre se repite lo mismo, y eso imposibilita el futuro. Es cierto que he irritado a la gente. Pero, afortunadamente, no me han condenado a muerte, sino que hoy soy honrado con la concesión de este bellísimo premio. Se lo agradezco de todo corazón. Muchísimas gracias.
DIGO YO:
La sociedad del cansancio… con tacones
Byung-Chul Han tiene razón. Pero lo curioso es que las mujeres lo sabemos hace siglos. Solo que a nosotras nadie nos dio un Premio Princesa de Asturias por notarlo. Nosotras nacimos en la “sociedad del cansancio” antes de que él le pusiera nombre. Nuestras abuelas la llamaban “ser buena esposa”. Nuestras madres, “tenerlo todo”. Y nosotras, en un acto casi poético de autoengaño, la llamamos “equilibrio”. No todas… (yo no!) pero si una masa crítica !
Él dice que vivimos en una era de autoexplotación disfrazada de libertad. Y nosotras asentimos mientras respondemos correos del trabajo con una mano, calentamos leche con la otra y sonreímos para que no digan que estamos histéricas. Nosotras no necesitamos teorizar el burnout: lo llevamos en las ojeras, en el útero y en el corazón… en la autocrítica … en el alma.
El filósofo habla del “régimen despótico neoliberal que explota la libertad”. Qué lindo. En nuestro caso, es el patriarcado el que se disfraza de libertad con un vestido rosa pastel y nos dice “tú puedes con todo, reina”. Nosotras lo creemos y allá vamos, a azotarnos con el látigo del multitasking emocional, laboral y estético. Lo hacemos voluntariamente, como el esclavo que se golpea solo, solo que con labial indeleble y metas trimestrales entre cafecitos, summits y básculas (solo otra mujer va a entender este collage).
Nos prometieron libertad, pero lo que nos dieron fue una lista infinita de pendientes: ser independientes pero dulces, ambiciosas pero no agresivas, exitosas pero delgadas, madres pero sin perder el glow, algo así como perfeccionar el claroscuro. Y OBVIO, agradecidas, siempre agradecidas, porque nos “dejan participar” en el juego del poder.
No te jode?
Byung-Chul Han dice que el smartphone nos esclaviza. Y sí, pero a las mujeres nos esclavizan también las notificaciones emocionales: “y ya contestaste al grupo de mamás?”, “y ya felicitaste a tu excompañera por su nuevo emprendimiento?”, “y ya subiste algo inspirador a tus stories para que no crean que estás amargada?”.
El teléfono no es solo una herramienta: es el nuevo espejo de Blancanieves, (personalmente creo que hace lo mismo Bumble, Raya etc), ese que te recuerda que siempre hay otra más bonita, más productiva, más zen y con mejores filtros.
La mujer contemporánea vive bajo un mandato invisible: sé libre, pero no incomodes. Fack!!! Sé fuerte, pero no tanto. Fack!!! Sé auténtica, pero no diferente. Fack!! Sé brillante, pero no eclipses. Chale… Ese falso libre albedrío del que habla Han (quien por cierto siento que ríe poco porque sabe demasiado!) es nuestra rutina. Nos vendieron la igualdad como si fuera un accesorio de lujo, cuando en realidad es una trampa de rendimiento perpetuo.
La mujer actual ya no obedece al amo, sino al algoritmo.
Nosotras no tenemos jefe, tenemos audiencia. Implacable!!
No trabajamos solo por dinero, trabajamos por validación.
Y eso, chatas, es más peligroso que cualquier látigo.
Las redes sociales, dice Han, no nos socializan, nos aíslan.
Y cómo no, si el feminismo digital se volvió un campo de batalla con likes y cancelaciones. Si no publicas tu postura, eres tibia. Si lo haces, eres intensa. Si hablas de empoderamiento, eres coach barata; si hablas de vulnerabilidad, te dicen que buscas atención. El discurso del respeto que Han añora en la democracia se extinguió hace rato en los foros femeninos: el respeto se cambió por el “mejor discurso feminista del día”.
Y mientras tanto, seguimos agotadas. No por trabajar, sino por sostener el espejismo de la mujer moderna que todo lo puede. La que tiene empresa, cuerpo, hijos, orgasmos, amistades funcionales y una agenda llena de causas. El burnout de género no es un diagnóstico clínico, es un estilo de vida.
La autoexplotación femenina tiene marketing: se llama “ser chingona”. Se nos olvida que ser chingona no significa nunca parar. Que también es revolucionario decir “no puedo más”, sin pedir perdón por ello.
Han también habla del respeto como base de la democracia.
Yo hablaría del respeto como base de la salud mental femenina. (Y masculina pero hoy no estamos hablando de ellos!)
Respeto para no tener que ser todo al mismo tiempo.
Respeto para no pedir disculpas por no contestar un WhatsApp laboral a medianoche.
Respeto para dejar de decir “me arreglo para mí” cuando sabemos que todavía nos cuesta existir sin aprobación.
Y claro, respeto para las que deciden no tener hijos, o tener cinco, o divorciarse, o no creer en nada, o creer en todo.
Respeto para las que no quieren ser heroínas, sino simplemente estar tranquilas.
Porque a diferencia de lo que dice Han, las mujeres no necesitamos un “tábano filosófico” que nos despierte. Nosotras llevamos siglos despiertas, solo que cansadas. Cansadas de que cada generación prometa una libertad que sigue teniendo horario, maquillaje y miedo.
La tecnología no nos convirtió en instrumentos, querido Byung-Chul: ya lo éramos. Solo cambió el sistema operativo. Antes servíamos a los hombres, ahora servimos a la expectativa. Y esa, a diferencia del patriarcado clásico, no tiene rostro ni caduca.
Cuando Han habla del vacío del liberalismo, pienso en el vacío que sentimos muchas mujeres al final del día, cuando cerramos la computadora y nos preguntamos si todo esto: la productividad, la independencia, el empoderamiento rentable (sic), realmente nos está haciendo libres o solo más solas.
La ilusión de libertad femenina se volvió un producto premium. Nos venden feminismo en cápsulas, en podcast, en ropa deportiva, en slogans de marcas que siguen pagando menos a las empleadas.
Nos hacen creer que elegir es poder, aunque todas las opciones estén diseñadas dentro del mismo sistema que nos agota.
Quizá el discurso de Han debería leerse en clave de género. Porque si el hombre moderno vive en una sociedad del rendimiento, la mujer moderna vive en una sociedad del sacrificio con sonrisa, premio y castigo.
Y el burnout femenino no se cura con meditación, sino con desobediencia.
Tal vez lo que necesitamos no es otra filosofía, sino una licencia para descansar sin culpa.
Porque el verdadero acto de libertad de una mujer en 2025 no es publicar un manifiesto, sino poder decir: hoy no voy a rendir, hoy voy a existir.
Y eso, en este mundo histérico, ya es un gesto político.
Porque en un sistema que mide el valor de las mujeres por su productividad, su belleza, su eficiencia emocional y su capacidad de sostenerlo todo sin quebrarse, detenerse es una forma de desobediencia. Que los que me conocen saben, que me fascina ejercer a mi…
Por eso el descanso femenino es político:
porque interrumpe la maquinaria que necesita de nuestra culpa para seguir funcionando.
Porque desmonta la idea de que valemos solo cuando entregamos algo.
Porque recupera la soberanía del alma, el derecho a ser sin justificarlo.
Dejemos de divagar pero reflexionemos people … como sea les dejo algo pa’ que no sea inútil su adiccion a las redes sociales !
Just saying !!!

