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    Opinión

    Un país cansado de odiar

    EditorialBy Editorialoctubre 18, 2025022 Mins Read
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    Por Yessica De Lamadrid

    Vivimos en un país que confunde la inconformidad con conciencia, y la rabia con justicia. Nos enseñaron a odiar antes que a esforzarnos, a mirar al otro con sospecha en lugar de mirarnos con honestidad. En México, la polarización ha dejado de ser debate político: es una enfermedad emocional que desgasta, divide y nos impide avanzar.

    Nos enseñaron a dividirnos para explicar todo —el éxito, la pobreza, la esperanza y la frustración—, y en el camino olvidamos lo esencial: que la mayoría de la gente sólo quiere vivir mejor.

    Pero el problema no son las oportunidades. Es la actitud. Hemos permitido que el discurso del resentimiento reemplace al esfuerzo, y que el valor del trabajo se diluya en la comodidad de culpar. Hoy, muchos aspiran a los bienes y placeres de una vida mejor, pero pocos están dispuestos a sostener la disciplina que los vuelve posibles.

    La polarización ha erosionado la voluntad colectiva. Ha convencido a unos de que el progreso es un privilegio injusto, y a otros de que la equidad es una pérdida de tiempo. En ambos extremos, lo que se pierde es la fe en el trabajo como vía de transformación, la comunidad como forma de convivencia social y la solidaridad como método de resiliencia.

    Y esa pérdida tiene consecuencias visibles: la frustración individual se acumula, se vuelve rabia colectiva, y la rabia —cuando no encuentra salida— se transforma en violencia. Una violencia que ya no responde a causas políticas, sino a un profundo malestar social.

    La verdad es incómoda: no nos destruye la desigualdad, sino la desconfianza. No nos separan las ideologías, sino el miedo a mirarnos en el espejo y aceptar que el país no cambia porque preferimos buscar culpables, antes que construirlo.

    Mientras sigamos creyendo que alguien más tiene la culpa, la polarización seguirá siendo el negocio más rentable del poder. Porque nada da más control sobre las masas que una nación enojada, cansada y sin propósito.

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